Según la psicóloga Maritza Montero, la identidad es la representación social (en nuestro caso del ser venezolano) que se manifiesta en la imagen, vinculada a valores idiosincráticos y ancestrales, cosmovisión y ambiente, que como grupo humano poseemos de nosotros mismos.
En el capitalismo global, en que las élites económicas buscan controlar el acceso a los recursos como el petróleo, el coltán, las tierras raras y el agua, la identidad de los pueblos en resistencia es atacada mediante la estereotipación: atribución de un rasgo negativo que es propio de un comportamiento aislado, o que presentan unos pocos, a un grupo en cuestión.
Desde la cuarta república, la identidad del venezolano ha sido alienada, cosificada, al atribuírsele características negativas observables en unos pocos, tales como viveza y apatía. En cambio, cualidades como solidaridad, disposición al trabajo e ingenio, han pasado desapercibidas.
Por parte de los gobiernos de ultraderecha, se ataca la identidad de los inmigrantes, los muestran como delincuentes; estratégicamente los representan metafóricamente como una enfermedad, amenaza, invasión o inundación, para justificar tratos vejatorios que acarrean violación de derechos humanos. En 2025, la identidad del inmigrante venezolano, en especial, los que estaban en trámites de un estatus migratorio, fue criminalizada. Al mismo tiempo, se le vinculaba con grupos delictivos, como el Tren de Aragua; esto lo extendían a los venezolanos dentro y fuera de Venezuela, e incluso al Gobierno venezolano. Luego, se les relacionó con el narcotráfico y, de forma directa, la vocería de ultraderecha de acá arremetió contra más de la mitad de los venezolanos acusándolos de estos males por no profesar la ideología política de este sector.
A cinco meses de los sucesos del 3 de enero, el venezolano ya parece no ser una amenaza. Hace como una semana se sancionaron abusos del Servicio de Inmigración en EEUU contra connacionales; regresamos a un estatus identitario cuarto republicano, en que las naciones en crecimiento (o subdesarrolladas) necesitan la supervisión de las naciones adultas (o desarrolladas), para justificar alguna forma de control de sus recursos, para hacer de su conciencia un espejo en que se refleja el que se impone y se representa como liberador.