
Nunca antes fue más asquerosa, más indignante y más despreciable la organización de un mundial como ahora. Comenzando por el acto inaugural, que fue un bodrio. Una cosa de mal gusto, insípido e incoloro, sin ningún mensaje, sin ningún contenido, signado por la estupidez. Y una vez más queda demostrado que donde meten sus cochinas manos los gringos, las cosas salen mal. Ya está claro que las manos de Trump y sus acólitos están metidas allí. No porque la Fifa sea un angelito. Sabemos que es un Estado superpoderoso, que condiciona a cualquier país con ansias de participar, porque es el circo más grande del mundo, donde pobres diablos pagan entre 60 y 10.000 dólares para ver un partido. La entrada promedio vale 360 dólares, que son dos semanas de jornal de un trabajador mexicano; y solo pagan para ver a millonarios pateando pelotas de un lado a otro.
Pero quizás el problema más evidente sea el grosero racismo de la Fifa, que asoma una política, debido al comportamiento de los árbitros. La gota que rebasó fue el partido de Portugal contra el Congo, donde hubo penaltis no cantados; o en el de Argentina contra Argelia, donde Messi cometió un penal, pero no se lo pitaron.
Eso para no ampliar sobre el fanático mexicano que se burló de la influencer coreana, haciendo ojos achinados con las manos.
Y qué decir de los controles migratorios y los desproporcionados tratos al tercermundismo, incluyendo la prohibición de entrada a Estados Unidos del mejor árbitro de África, el somalí Omar Artán; las retenciones a miembros de la selección de Irak, el desprecio a la delegación de Irán y el maltrato a uno de sus jugadores detenido por nueve horas. Un árbitro de video australiano (Shaun Evans) fue investigado por un gesto supremacista blanco, que el comité disciplinario de la Fifa dijo que solo fue un tic involuntario.
Y aunque la Fifa asegura haber endurecido sus normativas con un programa de lucha activa contra la discriminación, incluyendo sanciones rigurosas en el Código Disciplinario, el cual contempla la derrota automática de los equipos cuyos aficionados incurran en actos, en los partidos no ha demostrado que sea así. Ya ha declarado que no puede hacer nada ante las decisiones del Big Brother.
Es decir, estamos viendo un mundial montado para hacer miles de millones de dólares, donde las empresas gringas sacarán la mejor parte. Su organización costó 700 millones de dólares, pero generará miles de millones. Ya no es un deporte, sino un gran negocio.
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