“La ternura no es lo opuesto a la rabia, es su dirección”. Comienzo con esta premisa porque, en estos tiempos de algoritmos, microsegmentaciones y odios procurando petrificar el alma, la rabia no es sino el motor necesario que nos despierta frente a la injusticia. Pero esa rabia, si no encuentra un puerto en la ternura, corre el riesgo de convertirse en el mismo veneno que combate.
Por eso vengo hoy a escribir sobre la rabia como elemento motriz con cauce y de la ternura radical que Anne Dufourmantelle rescató del olvido: esa douceur que es, ante todo, una práctica de lucidez.
Para quienes militamos desde el barro y la esperanza, la dulzura es un enigma político. No se trata de buenos modales ni de claudicar ante el opresor. Por el contrario, aparece cuando somos capaces de reconocer la vulnerabilidad de aquello que gobernamos o acompañamos. Allí donde el poder hegemónico busca endurecer las estructuras, clasificar a los seres humanos como útiles o desechables y volver transaccional cada vínculo, la ternura irrumpe para reabrir el espacio de lo humano. Es un acto de resistencia frente a la deshumanización.
Dufourmantelle nos enseñó que esta apuesta exige riesgo. En su Elogio del riesgo, nos advierte que no arriesgarse es no vivir. Políticamente, esto es una bofetada al miedo que intenta paralizar la organización popular. Cuidar al pueblo no es controlarlo desde el temor o el tutelaje; es aceptar la intemperie de la relación con el otro, con sus memorias y sus demandas. La ternura no niega el conflicto lo que hace es impedir que ese conflicto se transforme en humillación o desprecio.
Estamos ante una verdadera ética del vínculo. Hoy, cuando el sistema intenta maquillar la obediencia con consignas vacías de paz que solo buscan control, debemos reivindicar que la ternura verdadera no domestica al otro. Como bien señalaba Anne en sus diálogos sobre La hospitalidad con Derrida, la tarea es acoger al otro más allá de la utilidad o la frontera.
Llevado a nuestra lucha decolonizadora, esto rompe los paradigmas del dominio. Hablar con ternura no es hablar bajito. Cuidar no es tutelar: es construir una institucionalidad donde la vulnerabilidad no sea castigo, sino el lugar desde donde nos reconocemos iguales. En definitiva, la ternura es radical porque se atreve a proteger la vida sin copiar las herramientas del amo. Es la rabia encauzada hacia la dignidad, es la fuerza de quien sabe que vencer, solo vale la pena, si no nos convertimos en aquello que vencimos.