La plaza Las Tres Gracias, proyecto del artista y urbanista catalán Josep Mimó i Mena, se construye en 1946, formando parte inicial de la trama de la urbanización Los Chaguaramos, luego Valle Abajo. Se le conoció originalmente como plaza Bellas Artes y, habiéndose previsto la colocación de una escultura alusiva a su nombre, se adquiere el grupo escultórico de Las Tres Gracias, diseñando la plaza en consonancia con la obra y colocándola en el sitio que hoy ocupa, definiendo y caracterizando la fisonomía del lugar como patrimonio de la ciudad, hito urbano obligado de varias generaciones de transeúntes, vecinos y estudiantes universitarios.
Las Tres Gracias, realizada en mármol blanco de Carrara, fue ejecutada en Florencia (c. 1926) por el escultor italiano Pietro Ceccarelli. Esta figura, que encarna los máximos ideales estéticos del neoclásico, es una magnífica copia de la original, creación del afamado escultor Antonio Canova (1757-1822). La mitología griega las recuerda como deidades de la belleza y, tal vez en su origen, potencia de la vegetación; sus nombres son: Talía (lozanía), Eufrosina (alegría) y Aglaia (resplandeciente), las cuales, cristianizadas por la Iglesia Católica, pasaron a simbolizar la fe, la esperanza y la caridad.
La pieza llega a Caracas en 1927 y es exhibida en 1929. Pasó a presidir el salón de ingreso de la casa La Quebrada en La Victoria, Aragua, propiedad de Gonzalo Gómez, hijo menor del general Juan Vicente Gómez, más tarde vendida a J.A. Madriz Guerrero & Cia. El sinuoso espejo de agua se traza en función de la escultura y, a partir de entonces, identifica este espacio cívico, permitiendo ser visualizada desde todos sus ángulos, tal como lo hubiera exigido el propio Canova con su obra.
Los cipreses originales que se replantaron detrás de la pérgola (talados innecesariamente por el Metro en 1993) provenían del antiguo cementerio de Los Hijos de Dios, poco antes de su demolición para dar paso a la urbanización Diego de Losada. El chofer que los transportó se negaba a mudarlos porque decía que los árboles venían cargados de muertos y saldrían a espantar. Aún nadie ha reportado haberlos visto. Los primeros sauces llorones que bordeaban el estanque se importaron desde Argentina y manos invisibles los cortaron en 2022, desfigurando el concepto original.