Hay emociones que, al unirse en tropel, son difíciles de expresar con palabras. El término “tristeza” significaba originalmente “plenitud”; es estar atiborrado de la intensidad de una experiencia. No se trata de pesimismo, ni de distracción, ni de controlar cómo se supone que se debe sentir; se trata de conciencia: es lo que nos hace más humanos. Fijar la mirada en el infinito y absorberlo todo, la alegría y el dolor a la vez; sentir el mundo tal y como es, la palabra tal y como podría ser. Los romanos lo llamaban lacrimae rerum, las “lágrimas de las cosas”.
En un universo de inquietudes que no encuentran definición precisa, existe un repertorio de neologismos para las emociones creado por John Koenig en su obra The dictionary of obscure sorrows (El diccionario de las penas desconocidas) (2009). Las entradas incluyen etimologías elaboradas basadas en la propia investigación lingüística de Koenig, con raíces y sufijos tomados de fuentes latinas, germánicas y del griego antiguo, a imitación de los términos ingleses existentes. Una de esas nuevas palabras es kenopsia.
La kenopsia es la atmósfera inquietante y melancólica de un lugar que normalmente está lleno de vida y bullicio, pero que se encuentra extrañamente desolado y silencioso. El término proviene de las raíces griegas kénosis (vaciamiento) y opsis (ver o mirar). Describe esa sensación de nostalgia o desasosiego que se apodera de uno al entrar en espacios como un estadio, una escuela o un centro comercial vacíos. Esa percepción la vivimos durante la pandemia. Del mismo modo sucede con los centros urbanos.
Esa impresión similar acontece en el centro de Caracas. Caminar los fines de semana en los alrededores de la plaza Bolívar es sumergirse en ese vacío inerte que no es producto del azar: ha sido consecuencia de la caprichosa distribución de usos ajena a toda planificación urbana. Las torres de El Silencio, cuya vocación en los años cincuenta era la de concentrar todos los ministerios, se encuentran vacías y subutilizadas, amén de anárquica. Se ocupan edificios aledaños de oficinas públicas, desplazando el uso residencial que les daría vida a esos lugares. Es la huella del zoning del American way of life, otra forma de colonización. Urge un replanteamiento urbano de nuestras ciudades que nos invite a un buen vivir.