La asistencia médica en el siglo XIX era precaria. Existían pocos profesionales para asistir a toda la población. Fuera de las ciudades, los sanadores por excelencia eran los curanderos y yerbateros; las personas que, a través de lo empírico y la tradición, aliviaban enfermedades o dolencias entre las gentes exiguas de dinero.
A finales del siglo XVIII, la lucha de la medicina científica contra los curanderos de pueblo quedó manifiesta con la creación en 1777 del Protomedicato, el cual procuraba generalizar y profesionalizar el empleo de la medicina ilustrada. Esta institución funcionó hasta 1827, año en que Bolívar creó la Facultad Médica de Caracas a cargo del Dr. José María Vargas.
Hubo avances notorios con el establecimiento de cátedras, escuelas médicas, revistas y sociedades científicas, pero aún el curandero tenía la confianza del humilde; solo uno llegó a las altas esferas y causó conmoción a los académicos. Era Telmo Romero, nacido en San Antonio del Táchira hacia 1846. No se sabe nada de su vida anterior a 1884, momento en que conoció en una emergencia de salud al presidente Joaquín Crespo. El hijo del mandatario andaba enfermo, los profesionales no curaban el mal y, ante la desesperación, el jefe de Estado confía en las pócimas de Romero. El niño se salva e inicia para el curandero un ascenso rápido y a la vez breve en el poder.
Romero publica el libro El Bien General, en el que describía los remedios para curar diversas dolencias. La obra se agotó de inmediato. Crespo y misia Jacinta lo protegieron; era el sanador de la familia presidencial. El 1 de julio de 1884 se le nombró director del Lazareto de Caracas y del Manicomio de Los Teques. Allí pondría en práctica sus cuestionados métodos, como clavar agujas de acero en los cráneos de los enfermos mentales. Irá a Boston a recibir un entredicho doctorado. Los estudiantes, en rechazo a sus procedimientos, quemaron bajo la estatua de Vargas ejemplares de El Bien General cuando corrió el rumor de ser nominado rector de la UCV.
La fama de Telmo Romero acabaría con la salida de Crespo en 1886. Al año siguiente, el llamado “Rasputín tropical” moría de tuberculosis, sin cargos, cuestionado y olvidado. El favor presidencial no pudo salvarlo del descrédito, ni sus pócimas de la tisis.