Ocurrió así: no era de nadie. Agarré mi carro y me fui; la dejé allí. Sí, la dejé. Pero, como tenemos algo llamado conciencia, no dejé de pensar en ella: ¿la habrán atropellado?, ¿estará perdida?, ¿la abandonaron?, ¿estará bien?, ¿la habrán rescatado?
Llegué a casa y fue dejar las cosas, beber un poco de agua… pero mis pensamientos no paraban. Ya sabes, me regresé al estacionamiento del centro comercial. Calculo que pasaron cuarenta minutos entre ir a casa, subir las compras y volver.
No estaba. No la vi. No la encontré. Ya que estaba en el centro comercial, dejé el carro en el estacionamiento y comencé a preguntar a vigilantes y trabajadores de ese nivel. Nadie sabía nada. Me sentí como la peor persona del mundo.
Quise intentarlo una vez más. Estaba frustrada, cansada, y me monté en el carro a pensar. Levanté la mirada y ahí estaba, debajo de un carro frente a mí. Parece que era yo quien debía rescatarla.
Pero me enfrentaba a la parte difícil: montarla en el carro, sin cadena, collar, nada; sin conocerla. ¿Morderá?, ¿es agresiva?, ¿hará caso?
Me armé de valor. La llamé; ella estaba un poco asustada, pero no le importó. Apenas la llamé, salió de debajo de ese carro y, agachadita, moviendo la cola, vino hacia mí. Me pareció tan dulce que le puse Angelita.


Así que ya tenía un nombre y parecía que le gustaba. Le abrí la puerta del carro y nada, no se montaba… hasta que me monté yo. Pobrecita, fue instantáneo: me subí y ella detrás, con ese temor de quedarse abandonada nuevamente.
Me la llevé a mi casa. Parecía que todo estaba bien. Le arreglé una camita y allí durmió. Se sintió tan segura que pasó casi todo el día siguiente durmiendo. Yo le di de comer; ella comió, yo recogí sus cacas y se acostó a dormir otra vez.
La pobre Angelita bajó la guardia. Ya no tenía por qué estar en alerta, así que entendió que yo no podía hacerle daño, ni regalarla, ni abandonarla. Me quedé con ella. Es una perra muy dulce, un poco asustadiza, marcada por el miedo de ser abandonada otra vez.
Desconozco su historia anterior, pero conozco esta, y yo no la abandonaré. La cuidaré y la seguiré mimando hasta su último día.
El trauma es tan fuerte que, si le sirvo la comida y me voy, ella la deja, aunque tenga mucha hambre. Prefiere dejar de comer para irse detrás de mí. Pobrecita, mi Angelita. En los parques, cuando la llevo, no se despega de mí, aunque le quite la correa.
En casa, cuando me voy, ya no llora. Creo que sabe que allí sería imposible abandonarla. No lo sé. Lo que sí sé es que es una perra que siente, se emociona y es muy sensible. Me atrevería a decir que es más sensible que muchos humanos que conozco.
Aún tenemos mucho que aprender de los animales. Angelita ya tiene dos años junto a mí y me ha hecho plantearme muchas cosas. Por ejemplo: ¿por qué la abandonaron?, ¿realmente la abandonaron o se perdió y tal vez la buscaban?
Nunca lo sabré. Pero a esas personas que no la buscaron lo suficiente, o que tal vez la abandonaron, les doy las gracias por permitirme conocer a mi hija peluda: mi bendición, mi Angelita.