La ineficiencia es prima hermana de la indolencia; tiene que ver con individuos despojados de todo tipo de ética.
La ineficiencia no tiene color político, aunque está presente fundamentalmente en los gobiernos de derecha que dominan el mundo, pese a que la propaganda de los medios comerciales diga lo contrario.
Esta especie de desgracia que permea todo lo colectivo también está presente en los gobiernos de izquierda y en los que tratan de mantenerse en el centro ideológico. La ineficiencia es una característica propia de personas que deciden, por intereses grupales o individuales, dejar de hacer lo requerido para que cualquier tarea organizacional se cumpla con la planificación y el seguimiento que exige cualquier área del conocimiento humano.
Esta peste forma parte de una lamentable realidad protagonizada por seres desalmados que llegan a medianas y grandes responsabilidades ungidos por preferencias no precisamente profesionales.
Otro gran mito sobre la ineficiencia es que se trata de un fenómeno exclusivo de la administración pública. Existe una tendencia —muy propia de la tesis de los que critican para que nada cambie— a afirmar que solo en lo público hay ineficiencia. Esta versión responde a la lógica de la necesaria supervisión en la administración de los recursos del Estado.
En Venezuela, como un rosario de almas en pena, los voceros más audaces de la derecha han echado mano del argumento de la ineficiencia para intentar minimizar el impacto devastador que tuvieron en la calidad de vida de los venezolanos las mal llamadas sanciones.
Tengo todos los datos, las estadísticas y los cuadros comparativos que indican que existe una correlación casi 1 a 1 entre la debacle del salario de los venezolanos y estas desgraciadas sanciones.
Venezuela venía de tener el mejor salario de América Latina con Chávez; el que quiera refutarlo, que investigue y después hablemos, pero no podrán engañar al mundo con su propaganda.
El colapso de los servicios públicos, especialmente el sistema de agua potable, la disponibilidad de la gasolina, el gas doméstico y la energía eléctrica, tiene un comportamiento similar: en la medida en que decaían los ingresos por efecto de las sanciones, se desmoronó la calidad de vida de todos.
La ineficiencia existe, la corrupción también pero el daño de las sanciones ha sido mortífero, y el que lo niegue es solo un bandido aprovechador tratando de pescar en río revuelto.