
En Vigilar y castigar, su famosa arqueología de los métodos disciplinarios publicada en 1974, Michel Foucault explica por qué la práctica medieval de despedazar personas en la plaza pública pierde popularidad a finales del siglo XVIII. Antes de las llamadas “reformas humanitarias”, eran populares los torniquetes, el estiramiento de extremidades, el uso creativo de fuego y los instrumentos punzantes, como parte de un ritual de castigo público, diseñado para reafirmar el poder de la corona y como venganza por la subversión del orden. Durante mucho tiempo funcionó bien. Con el ambiente de corrupción, exceso y despiporre de la corte, sin embargo, el pueblo empieza a ponerse de parte del reo. Hay protestas, botellazos y hasta rescates de prisioneros durante las ejecuciones. Los condenados se convierten en héroes populares. Los ilustrados empiezan a decir que la tortura pública es irracional, inhumana, ineficaz.