María Corina Machado dice que no puede esperar más y le dirá a Donald Trump que hay que hacer elecciones

María Corina Machado dice que no puede esperar más y le dirá a Donald Trump que hay que hacer elecciones

Viéndola recorrer el mundo para reunirse con líderes en Europa, con empresarios en California u ofrecer entrevistas en YouTube, muchos concluyen que María Corina Machado (Caracas, 58 años) es una bala perdida: una líder en suspenso, atrapada en un limbo que le impide regresar a Venezuela. Allá la espera la misión que se autoimpuso: llevar hasta el final la tarea de sacar del poder al régimen chavista. Según esa visión, cada día que pasa afuera es una ganancia para los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, presidenta y presidente de la Asamblea Nacional, respectivamente, y el hombre fuerte Diosdado Cabello, y una deuda creciente con los millones de venezolanos que la esperan. Pero esa no es la impresión que ella transmite en persona.

Por EL PAÍS DE ESPAÑA

Machado está firmando un ejemplar en inglés de su libro El manifiesto de la libertad cuando le informan que el Ministerio Público ha confirmado la muerte de Víctor Hugo Quero Navas, desaparecido por las fuerzas de seguridad hace un año y medio. Escucha y es como si le dieran un golpe. Un segundo después toma aire y se repone: “Es lo que ya sabíamos. Estaba muerto”. Una colaboradora suelta: “¡Desgraciados!”

La Premio Nobel de la Paz y su equipo trabajan en una austera oficina de Washington cuyo mobiliario vio tiempos mejores hace ya años. Ella entra a la cocina a preparar café derrochando energía y trata a sus colaboradores con familiaridad y camaradería. Cada uno parece tener claro su papel específico dentro de una misión más amplia: pensar y planear la Venezuela que quieren ver en las próximas décadas. Las paredes beige están casi desnudas, salvo por una pintura ingenua fechada en 2025 y algunas ilustraciones de la caricaturista venezolana Rayma. Antes de sentarse frente a la cámara, pide ayuda para ocultar el cable del micrófono. ¿Un toque de coquetería? “Es para evitar distracciones”.

Pregunta. Han pasado más de 100 días desde que se inauguró esta nueva situación en Venezuela: sin Maduro, pero con el chavismo prácticamente íntegro en el poder. ¿Qué ha cambiado realmente?

Respuesta. Hay que verlo en varios planos. En lo político, han ocurrido cosas impensables hace unos meses. En un país donde la gente no se atrevía ni a pedir por los presos políticos en una iglesia, hoy puedes tener 30 o 50 manifestaciones de diversos tipos en un mismo día. Más de 600 presos políticos han sido excarcelados, aunque aún quedan cientos en prisión. Empiezas a ver expresiones de libertad de expresión, de movilización, de denuncia que no existían. Sin embargo, esto está muy lejos de ser una restitución plena de los derechos cívicos. En lo económico, se han puesto límites al manejo discrecional de los fondos del régimen y se ha permitido la llegada de inversiones, aunque nadie sabe de qué tamaño son ni cuáles son los términos de los contratos. No hay contraloría. La inflación anual es del 650% y el 86% de la población vive en la pobreza. Y en lo social hay una tensión creciente: los productos están en las estanterías, pero la gente no los puede pagar. Los venezolanos hemos aprendido a los golpes que la economía no se resuelve sin el cambio político.

P. Siguiendo lo que sucede en Venezuela, pareciera que se fermenta una sensación de cansancio e incertidumbre entre la población. ¿Se está agotando la expectativa de cambio antes de que la transición tome forma?

R. Hay de todo. Hay una genuina angustia de gente que no puede más, que ve que sus hijos no comen bien ni van a la escuela. Eso es lo que yo llamo la urgencia ética. Y hay también una narrativa deliberada de desmoralización, que busca convencer a la gente de que este proceso no se trata de democracia, sino de petróleo, de intereses externos. Esa narrativa le conviene al régimen. Pero que esto sea complejo no significa que no avance. El planteamiento de Trump y Rubio, de las tres fases que desembocan en una elección libre y limpia, es correcto y es urgente.

P. El presidente Trump dijo esta semana que los venezolanos están “really happy”. ¿Qué no está viendo?

R. No quiero interpretar lo que piensa el presidente. Lo que sí puedo decir es que hay una creciente preocupación, por no decir angustia, de que esto se tarde demasiado, porque para mucha gente cada día es existencial. La manera de evitar que esto desemboque en un proceso desordenado es dar la seguridad de que por la vía electoral vamos a poder hacer valer la voluntad ciudadana. Eso es lo que le digo a Trump cada vez que hablo con él. Digo en público lo mismo que digo en privado.

P. ¿Qué le dice en concreto?

R. Que tenemos por delante la gran oportunidad para las Américas y que hay un momentum que no podemos desperdiciar. Venezuela tiene la sociedad mejor preparada para una transición ordenada: no hay diferencias religiosas, raciales ni regionales profundas; hay un nivel de organización ciudadana que nunca habíamos tenido. Le digo que hay que cumplir un cronograma que permita hacer este proceso bien, que tenemos que convertir estas elecciones en un modelo para el planeta.

P. ¿Es eso posible este año? Lo que se oye es que las elecciones no serían posibles antes de 2027.

R. Desde el punto de vista técnico, necesitas aproximadamente 40 semanas desde que designas un nuevo CNE. Ese es el detonante. Se puede comprimir algo, pero hay que ser serios. Lo importante es arrancar ya.

P. Hoy Washington controla buena parte del petróleo venezolano, de los ingresos y del acceso empresarial. Trump ha bromeado con que Venezuela podría ser el estado 51. ¿Dónde está la línea que separa el apoyo del vecino más poderoso de la tutela?

R. Una elección. El ejercicio de la soberanía popular es esa línea. Para llegar a ella vamos a necesitar el apoyo de la comunidad internacional y, en primer lugar, el de Estados Unidos. Trump es el único jefe de Estado que ha arriesgado posición y recursos por la libertad de Venezuela. No estaríamos donde estamos sin ese apoyo. Un sistema criminal solo cede ante una amenaza real.

P. Si llegara al poder en las condiciones actuales, ¿cuál sería su primera decisión concreta para recuperar soberanía sin romper la alianza con Washington?

R. Todo se trata de confianza. Con las primarias de 2023 decidimos confiar en la gente y la gente confió de vuelta. Ahora hay que construir confianza en las instituciones: necesitamos que confíen los ciudadanos, los acreedores, los inversionistas, otros gobiernos. La clave es Estado de Derecho: un gobierno serio, donde hay justicia autónoma, se respeta la ley y todos son iguales ante ella. Eso crea de inmediato los incentivos para que el país se transforme.

P. ¿Qué pasa si Washington se siente cómodo con las cosas como están y no avanza hacia una transformación política?

R. No creo que eso sea posible. Primero, el incentivo migratorio: casi un millón de venezolanos en Estados Unidos, el 65% quiere volver tan pronto haya una elección. Segundo, el económico: Venezuela tiene potencial para cinco millones de barriles, pero alcanzarlos requiere 200.000 millones de dólares en inversión, y eso solo llega con Estado de Derecho. Los inversionistas que hoy exploran el mercado lo hacen porque quieren una opción. Esa opción vale si llegamos nosotros; si no llegamos, vale cero. Un régimen que robó, confiscó y persiguió jamás generará esa confianza. Y tercero: para que estos negocios funcionen, necesitas talento. El ingeniero venezolano que trabaja en Riad no va a traer a su familia a un país sin educación ni salud.

P. El intelectual chileno Fernando Mires dijo hace poco que Venezuela hoy no es una dictadura, pero tampoco una democracia. Usted misma parece haber moderado el tono. ¿Qué es el régimen hoy?

R. Lo mismo de siempre, con algunos espacios de apariencia de libertad. Unos primeros pasos de desmontaje de un sistema brutalmente represivo. Pero si el Ejecutivo controla el Poder Judicial, el Legislativo y el Electoral, ¿qué es eso?

P. ¿Una dictadura?

R. Obviamente.

P. Le hago la pregunta directa, y espero que no la esquive: ¿cuándo regresa a Venezuela?

R. Pronto. Y no la esquivé.

P. En Madrid anunció el regreso en semanas. Dijo lo mismo hace ya dos meses. ¿Cuándo? ¿Mayo, junio, julio?

R. Tengo que concluir las tareas que me propuse al salir de Venezuela en diciembre: hablar con jefes de Estado, con inversionistas, con acreedores, con miles de venezolanos en el mundo. Y está también toda la preparación interna de esta nueva etapa. Trabajamos durísimo en ello.

P. ¿Cuál es la condición objetiva que todavía no existe y que le impide regresar?

R. Ninguna.

P. Entonces puede hacer su mochila mañana e irse.

R. Nadie más que yo quiere que eso pase.

P. ¿Cuánto pesa Trump en esa decisión?

R. La posición de Estados Unidos y de otros aliados pesa sin duda. Es un tema de coordinación. Mi regreso ayuda a que el proceso fluya adecuadamente, y por eso es importante que el momento sea el correcto.

P. Según varias versiones, en aquel desayuno Trump le desaconsejó regresar. ¿Qué revela eso?

R. Esas informaciones no las di yo, así que no las dé por ciertas. Hay mucha especulación. Lo que sí puedo decir es que la consideración fundamental del Gobierno de Estados Unidos ha sido siempre mi seguridad.

P. ¿Hay un momento en que el desgaste de permanecer fuera supera el riesgo de regresar?

R. Estuve 12 años sin poder salir y todo el mundo me decía: “Vete, tienes que hablar afuera”. Ahora que salí, todo el mundo me dice: “Tienes que volver”. Mi filtro siempre es el mismo: ¿dónde soy más útil? Sé que en Venezuela puedo ayudar, contribuir a que todo vaya en una dirección firme y cívica. Pero también hay mucho que hacer aquí. Ojalá pudiera estar en las dos partes a la vez.

P. Trump sugirió el 3 de enero que usted no estaba en la mejor posición para garantizar la gobernabilidad. ¿Cómo controlaría el poder real en un país donde el ejército, los tribunales, el consejo electoral y el petróleo siguen en manos del chavismo, con grupos criminales y guerrillas dominando partes del territorio?

R. Es un problema medular, y por eso llevamos años evaluando en detalle cómo está el país en cada una de esas áreas y cómo sería un proceso de toma de control institucional y territorial. Mi valoración es que la inmensa mayoría de quienes están en esos espacios, desde empleados de ministerios hasta policías y militares, favorecerían una transición. Hay grupos armados y financiados para generar disrupción, como la DGCIM o algunos colectivos, pero son muy reducidos y ya están identificados. Aquí no se trata de desmontar las Fuerzas Armadas, sino de liberarlas: el yugo y la persecución que padecen son intensos. A quienes temen una retaliación les doy mi palabra: vamos a garantizar los derechos y las libertades incluso de quienes nos las negaron a nosotros.

P. En España evitó reunirse con Pedro Sánchez cuando él, junto a Lula y Petro, buscaba relanzar la izquierda frente al avance de Trump. Si se presentara de nuevo la oportunidad, ¿se reuniría? ¿Qué papel puede tener el gobierno español en la transición?

R. Toda decisión pasa por el filtro de si ayuda a la causa venezolana y acelera la transición. Si la respuesta es sí, me reúno.

P. Ha hablado de un gran acuerdo nacional previo a las elecciones. ¿Quiénes tendrían que sentarse en esa mesa y qué estaría dispuesta a negociar?

R. Lo veo como algo más amplio que el proceso electoral. Es un momento único para verbalizar los consensos del país que queremos construir: el pluralismo, los límites al presidencialismo, la subordinación del poder militar al civil, la descentralización real, la subsidiariedad del Estado al individuo. Eso se traduce en acuerdos concretos como la no reelección y la bicameralidad. El país está ávido de discutir estos temas.

P. ¿Apoyaría la no reelección?

R. Sin duda.

P. ¿Y se sentaría a negociar directamente con Delcy y Jorge Rodríguez?

R. Depende de los términos. Hemos ofrecido, pública y privadamente, nuestra disposición a avanzar en una transición negociada. Lo que no vamos a aceptar es una nueva farsa.

P. Cuando ve a Delcy Rodríguez purgando su entorno y nombrando ministros en posiciones estratégicas, ¿no están simplemente tratando de normalizarse y quedarse?

R. Ellos van a hacer eso siempre que se les permita. No puede sorprendernos. Han tenido que liberar presos, abrir espacios de comunicación, poner restricciones al uso de los fondos. En otras cosas no han cedido. Parte de nuestro trabajo es persuadir a actores clave de que ciertas decisiones tienen que acelerarse.

P. ¿En qué condiciones podría subsistir el chavismo como movimiento político?

R. Felipe González me decía en España: en una transición, hay dos cosas que no se pueden amnistiar, los crímenes de lesa humanidad y los actos de corrupción, a menos que quienes robaron devuelvan absolutamente todo lo robado. Yo le respondía que no sabe lo que nos está pidiendo, porque esto es el saqueo más grande de la historia. Es muy complejo. Pero tengo conciencia de la responsabilidad histórica de que esto funcione bien. Una transición sostenible necesita el apoyo del pueblo, y ese pueblo solo aceptará compromisos difíciles si confía en el liderazgo que lo representa. Por eso les digo a quienes están aferrados al poder: les conviene negociar con liderazgos que tengan legitimidad. Pueden lograr más.

P. Chávez construyó un hiperliderazgo caudillista. Hay gente que le compara con él en esa capacidad de arrastre. ¿Cómo despeja el miedo de que usted también pueda convertirse en una líder hiperpersonalista?

R. Soy la antítesis de Chávez. Él empezó en las élites y la clase media; nosotros comenzamos en las zonas más humildes y llegamos a vencer el escepticismo urbano. Chávez habló de división; nosotros salimos a unir. Él promovió la venganza; nosotros, el reencuentro. Chávez ofrecía regalos; yo pedía trabajo y responsabilidad. Ellos humillaron; nosotros valoramos la dignidad. Él construyó un proyecto basado en el odio y la violencia; nosotros, en el amor. Son expresiones totalmente antagónicas.

P. Conviven hoy dos Venezuelas: una en acelerada apertura económica que atrae inversión, y otra donde millones sobreviven con salarios de miseria. ¿Cómo reconcilia a esos dos países y evita que esa fractura se haga permanente?

R. No creo que sean dos países. Hay un solo país que quiere vivir con dignidad, transparencia, que quiere a sus hijos de regreso. Eso incluye a quienes hoy ven oportunidades de inversión: si lo hacen de manera transparente y apegada a la ley, su mejor interés es una transición democrática, porque sin ella esas opciones valen cero. Yo recorro el mundo y les digo a los grandes capitales del sector tecnológico y energético: vengan a Venezuela, pero rememos en la misma dirección. Un país con reglas claras, sin privilegios, con privatizaciones transparentes. Mi padre, quien fue un gran industrial, me decía: “Hacer plata es fácil. Lo difícil es generar riqueza”. El verdadero empresario genera riqueza desde sus trabajadores y proveedores hasta el país entero. Eso es lo que tenemos que construir.

P. En Madrid hubo una polémica por los cánticos de “fuera mona” contra Delcy Rodríguez en su acto de la Puerta del Sol. ¿Qué le pareció y qué revela sobre el clima del exilio venezolano?

R. No puedo afirmarlo, pero hay quienes creen que fueron personas infiltradas. Lo que sí puedo decir es que esos cánticos no reflejan lo que somos. Cuando terminó el evento, la policía española me decía: “Nunca hemos visto algo así”. La gente lloraba, cantaba, rezaba, se abrazaba. Una colaboradora de la presidenta de la Comunidad de Madrid me dijo: “La última vez que vimos algo así fue cuando España ganó el Mundial”. Eso es Venezuela.

P. ¿Hay una veta de resentimiento racial en Venezuela que valdría la pena abordar sin tabúes?

R. Tiene razón, no hay ningún tema que no debamos tocar. Pero lo que yo conozco hoy es un nivel de cohesión alrededor de valores fundamentales verdaderamente extraordinario: respeto a la dignidad humana, pluralismo, responsabilidad individual, solidaridad, amor a la libertad, a la propiedad, a la familia. Son los valores de nuestros padres fundadores. Esta ha sido una larga marcha que nos ha llevado de vuelta a nuestras raíces.

P. Cuando está sola y piensa en Venezuela, no en la estrategia ni en la transición, sino en el país, ¿qué ve? ¿Qué le duele y qué le da fuerza?

R. Me hace falta la luz de mi país. Los colores en Venezuela son distintos para mis ojos. Me hace falta agarrar mi carro e irme sola por cualquier carretera. Me fascina bajarme en cualquier lugar y conversar con la gente. Cuando viajábamos en giras, éramos ocho en el carro; cantábamos música llanera en Los Llanos, oriental en el oriente, gaitas en el Zulia. Esas cosas muy humanas del país me hacen mucha falta. Me sostienen los mensajes de energía y las oraciones que recibo todos los días. Este movimiento ha echado raíces en lo cultural y en lo social. Por eso yo siempre decía: un día antes, un día después, Maduro se va a ir. Y ahora te lo digo igual: un día antes, un día después, este régimen va a terminar de salir. Lo realmente relevante es esta Venezuela que está emergiendo y cómo nos aseguramos de construir instituciones que duren por siglos.

P. ¿Y la fuerza?

R. La gente. Esta conversación. Poder hablar del futuro. A veces miro para atrás y digo: cuántas veces me dijeron que era imposible. Y mira lo increíble que hemos hecho. Tengo una profunda confianza en el poder de la gente y en su amor a la libertad. Y además siento que hemos ido de la mano de Dios.

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