Hoy hace exactamente cinco meses que un grupo de soldados gringos a bordo de helicópteros, asaltó el país y secuestró a Nicolás y a Cilia.
Más allá de las implicaciones legales y políticas que tiene semejante aberración, por lo menos yo, siento como si me hubieran dado una patada en las “huevas”, al decir de los colombianos. Nos conocimos en las duras batallas políticas de calle, siendo militantes de distintas organizaciones. Pero nos hicimos panas en la Asamblea Nacional Constituyente, porque estaba al frente del sector sindical del chavismo y los debates para crear la nueva Carta Magna, y sus peleas con Hugo lo ponían en tensión. “A veces me dan ganas de desaparecer”, me dijo una vez. Luego, siendo yo jefe de Política de El Mundo, teníamos una página de entrevista semanal. Y yo le pedí que atendiera al equipo de política, que gentilmente aceptó. Pero, además, porque era pana de todos. Por eso siento tan duro esa patada y esas condiciones tan infrahumanas como lo trataron. Quienes lo conocemos, sabemos que es un guerrero, extremadamente humilde, a quien no le importan un carajo los lujos y las lisonjas. Está acostumbrado a patear las calles y codearse con la gente. Nada le avergüenza.
Además, siempre hemos sabido que es un insurrecto, un hombre que no se detiene ante nada, abrazado a las causas justas y a la necesidad de defender la vida. Es la razón por la que es un apostador permanente de la paz. Sabe que, de otra manera, el pueblo pagará caro su irreverencia caribeña.
Nicolás es un hombre comprometido, con sus principios y con la lealtad. Varias veces discutimos, presente William Lara, discusiones muy airadas y, sin embargo, siempre mantuvo el principio de la amistad y del respeto. Incluso, fue el único que me propuso que recogiera la sección de Crónicas Parlamentarias para publicarlas en un libro, porque en realidad fue el único testimonio histórico de lo vivido en aquellas candentes sesiones.
Por eso el enemigo sabía que debía prescindir de él. Es un indomable. No hay nada por encima de su pueblo y su lealtad a Chávez. E insisto en que no es de extrañar que encuentren una excusa para matarlo. Hombres como él siempre son un peligro para el sistema, porque si encuentra una rendija, por allí saldrá; como el pulpo, se desplazará hasta llegar al pueblo y comenzar la sublevación hasta la retoma del poder.
Seguimos esperando a Cilia y a Nicolás.