Nuestro mundo

EL PAÍS

La Fira de Santa Llucia, en Barcelona, el pasado diciembre.

Camino de casa, noto que la gente me mira raro. Conocidos y desconocidos, tenderos amigos y comerciantes recién llegados, vecinos y alienígenas me miran raro. La extrañeza ajena es la mejor forma de tomar conciencia de uno mismo. Así que abro la puerta, voy al baño y me busco en el espejo. Aunque no he sentido ningún dolor, me sorprendo ante mi rostro. La mitad derecha parece afectada por una parálisis. El labio se descuelga, la mejilla está muy blanda y el párpado casi cerrado. Quiero hablar en alto, preguntar qué pasa, pero me cuesta trabajo pronunciar las palabras. Fascial, entumecimiento, derrame cerebral, pasmo, descomposición, no sé, me asusto yo también al verme así, fantasma extraño de mí mismo. Quizá sea una lepra insólita, porque la piel se ha llenado de manchas. Las observo y parecen borraduras, vetos, escombros, cadáveres, mendigos dormidos en la calle, una descomposición corporal. No hay derecho, exclamo, pero la o se ha vuelto una vocal difícil y no salen de la boca palabras como derecho, humano, democrático. Vaya dificultad, ¡democrático! No me reconozco, se van borrando los ojos, los labios, la nariz, la posibilidad de hablar y de alimentarme. Esto me pasa ―lo pienso al sentirme cruzado por un último rayo de lucidez―, porque acabo de leer Un lugar soleado para gente sombría (Anagrama), el magnífico libro de Mariana Enriquez.

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