Hablar de investigación y desarrollo (I+D) no es un lujo reservado a laboratorios bien dotados o una actividad ornamental para tiempos de bonanza. Se trata, más bien, de la capacidad de un país para aprender antes que otros, corregir más rápido que otros y producir mejor que otros. Por eso es crucial mantener un sistema nacional de innovación, que en nuestra República fue bautizado como Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Sncti), donde se organizan las instituciones, los incentivos, las normas, los datos y las conexiones que permiten que una idea pase del papel a la práctica. La propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) subraya que los indicadores de ciencia, tecnología e innovación permiten reconocer las fortalezas, las debilidades y los rasgos singulares de cada sistema, mientras que la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) incorpora la colaboración universidad-empresa en I+D como un indicador internacional del desempeño innovador de los países. En otras palabras, cuando esta articulación falla, falla una parte importante del motor del progreso.
Ahora bien, el Sncti está profundamente entrelazado con el sistema industrial. De hecho, la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (Unido) ha recordado que la industria concentra el 53 % de la I+D mundial y el 60 % de las patentes verdes, mientras que la Unesco ha advertido que un sector fabril poco desarrollado constituye un límite para el despliegue de un Sncti. De ahí se deduce una conclusión incómoda, pero fértil: una política científica sólida solo es posible si la industria tiene densidad tecnológica; al mismo tiempo, tampoco existe una industria capaz de elevar la productividad, sustituir importaciones de forma inteligente o competir con estabilidad si la ciencia nacional no le proporciona conocimiento, talento y experimentación, o si las vías de comunicación son ineficientes. Una arrastra a la otra, una limita a la otra, una eleva a la otra.
Sin embargo, conviene distinguir sin dividir, evitar compartimentos estancos, ya que el Sncti comienza donde una sociedad organiza la producción, circulación y aplicación del conocimiento, mientras que el sistema industrial comienza donde ese conocimiento se traduce en escalamiento, calidad, logística, costos, mantenimiento, normas y mercado. De hecho, el Manual de Caracas recuerda que es difícil establecer con exactitud el punto de corte entre el desarrollo experimental y las etapas posteriores de producción y que esa frontera exige un juicio de ingeniería. Por eso, el paso del laboratorio a la fábrica no es una puerta que se cruza una sola vez, sino una bisagra que se abre y se cierra muchas veces.
Las competencias del hombre y la mujer de ciencia difieren de las del industrial, aunque deban aprender a respetarse mutuamente. Según las definiciones adoptadas internacionalmente, la actividad científica se caracteriza por la novedad, la creatividad, la incertidumbre, la sistematicidad y la posibilidad de transferir o reproducir resultados. El industrial, en cambio, trabaja bajo otra presión: convertir esa novedad en una producción continuada, encontrar financiamiento, proteger la propiedad intelectual, atraer a socios, cumplir plazos, reducir fallas, garantizar el abastecimiento y comercializar soluciones en un mercado real. El científico se pregunta qué es lo que aún no sabemos y cómo demostrarlo con rigor. El segundo se pregunta qué se necesita para que eso funcione todos los días, a gran escala, con costos razonables y usuarios concretos. Ninguno es suficiente por sí solo. Donde uno ve hipótesis, el otro ve tolerancias; donde uno identifica una frontera del conocimiento, el otro mide un cuello de botella.
Por último, una política nacional inteligente debe evitar elegir entre universidad e industria, o entre gobierno y poder popular. Debe unir las cuatro hélices en una arquitectura de cooperación estable. La universidad aporta conocimiento y formación avanzada, la industria problemas concretos y capacidad de escalar, el gobierno dirección estratégica e instrumentos de financiamiento, y el poder popular organizado necesidades, legitimidad social y vigilancia sobre el sentido del desarrollo. La literatura reciente sobre la cuádruple hélice insiste precisamente en que la participación de las comunidades fortalece la innovación territorial y permite definir mejor las prioridades colectivas. Así, un país empieza a aprender de manera organizada y, cuando eso ocurre, las actividades de I+D dejan de ser una promesa intermitente para convertirse en una fuerza productiva de esta República Bolivariana de Venezuela.
@betancourt_phd