Hay novelas que nos marcan para siempre. A modo de confesión me pasó con «El lobo estepario» de Hermann Hesse, autor que hace ocho décadas fue acreedor del Premio Nobel de Literatura. Era el verano de 1946.
Hermann Hesse, intelectual que vivió de cerca los avatares de la guerra, siendo un convencido pacifista acusado de “traición a la patria”, nos legó un testimonio de su misma batalla antidepresiva, sumergiéndonos en el universo del psicoanálisis y de las filosofías orientales, principalmente.
«El lobo estepario» publicado en 1927 trata de la historia de Harry Haller y en mi angustiada adolescencia no lo leí, sino lo resé, como quien hambriento por una oquedad existencial quería dar con la verdad última.
Por culpa de un vecino hiposo -como remanentes de esa rebeldía sesentosa- llegaría a mis manos ávida de muchacho de barrio, amigo de papagayos y de metras, esta recomendable novela, obra críptica que aún hoy me resulta difícil de decodificar.
Ese era el Harry Haller, anacoreta, mordaz, crítico de la superficialidad reinante, con instintos suicidas, incansable explorador de un sentido de la vida propia y de la ajena: “Un lobo estepario perdido entre nosotros, dentro de las ciudades, en medio de los rebaños más convincentes no podría presentarlo otra metáfora, ni a su misántropo aislamiento, a su rudeza e inquietud, a su nostalgia por un hogar de que carecía”.
Vista como una obra representativa del existencialismo en boga, «El lobo estepario» con un tono autobiográfico nos muestra la confrontación del personaje consigo mismo, el drama de un individuo desgarrado, inconforme e irónico.
En «El lobo estepario» está en juego la definición del hombre como un ser bifronte: la condición humana no es enteramente buena o mala, sino es la tensión entre mundos opuestos, uno bestial y otro espiritual, en el que la síntesis parece la conclusión freudiana de “animal frustrado”. Por eso, ese péndulo entre el acto canal básico y el sentimiento de vergüenza, entre el cinismo de las costumbres burguesas y la añoranza de la casa ordenada de la clase media.
En su momento ciertas voces le endilgaron a la obra un carácter decadente, por retratar una búsqueda individual sin compromiso político o social.
Recuerdo un militante del marxismo ortodoxo hablarme así de mi entusiasmo por Hermann Hesse, imputándole al escritor suizo-alemán hacer literatura evasiva. Me hacía gracia, en todo caso es patente la presencia de la soledad humana que se debate entre la sofisticada esclavitud y la posibilidad de ser.
Para mí sigue siendo tan reprochable el individualismo irresponsable como el colectivismo alienante. Ambas posturas, extremistas, las veo equivocadas y peligrosas.
Harry Haller, ese sujeto ficticio que frisa los cincuenta años, nos deja muchas enseñanzas, sin negar tonalidades anacrónicas de su llamado: “Aquella mirada decía: “‘¡Mira, estos monos somos nosotros! ¡Mira, así es el hombre!’ Y toda celebridad; toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo grande, lo sublime y lo eterno dentro de lo humano, se vinieron a tierra y eran un juego de monos…”.
¿Somos seres más múltiples que duales? ¿Somos prisioneros de la dopamina, la instantaneidad y la banalidad? ¿Somos primates erguidos condicionados por el régimen de la fuerza que amenaza borrarnos de la faz de la tierra? ¿Hemos aprendido algo del pasado?