Ahora más que nunca es necesaria la unidad de todos quienes deseamos una vida colectiva digna, la diversidad del liderazgo político, aquellos quienes tienen influencia mediática y todos quienes pensamos que hoy está más vigente el primer objetivo del Plan de la Patria: “Defender, expandir y consolidar la independencia nacional”. Es el peor momento en todos estos años de la Revolución Bolivariana para oportunismos o exageraciones ortodoxas. No hay fórmulas para el proceso político o histórico. Pero de algo estamos seguros: todo cambia. La cuestión es el ritmo.
La historia no es un proceso lineal; la política, menos. Es uno de los ámbitos del tiempo corto, de los cambios abruptos y extraordinarios, un terreno movedizo y peligroso que solo puede contenerse, desplazarse y amortiguarse con un sistema de valores que siempre tienden a la conservación. Las mentalidades y sensibilidades colectivas que ese sistema supone son reacias a los cambios repentinos o violentos; forman un magma de estabilidad en momentos en que las sociedades sufren trastornos inesperados.
Constituyen un sustrato tradicional de larga duración que, no obstante, tiene dentro de sí el germen de todas las tentativas de reformas, sobre todo aquellas ideologías que justifican la desigualdad y la opresión. Ese germen nutre las expectativas con un pasado ilusorio o se proyecta hacia el futuro que se desea y por el que se lucha. Unas décadas no son suficientes para cambiar esos sistemas de valores, pero sí para despertar el deseo del cambio, convirtiéndolo en conciencia de la necesidad, mezclada con sueños y utopías.
Un proceso político como el que hemos vivido en Venezuela ha tenido la virtud de mostrarnos y mostrarle al mundo un horizonte de realización social distinto, no con valores novedosos, sino tradicionales como la solidaridad, la reciprocidad y la corresponsabilidad. Todos negadores del individualismo egoísta, y muy presente en nuestra conformación histórico-social como pueblo. Indiscutiblemente, Chávez logró dignificar nuestras maneras, nuestras culturas, nuestros modos de vida, haciéndonos sentir orgullosos de esa diversidad dentro de la unidad que somos. No todo proceso de cambio está hecho de novedades; la tradición y el pasado están repletos de expectativas no cumplidas que nos toca redimir. Al liderazgo le corresponde escuchar y aprender del pueblo; son siglos de resistencia, lucha y rebelión acumulada. Estamos en un momento del pueblo.