
Tropecé en los probadores de unos grandes almacenes con una pierna ortopédica de mujer, la izquierda, según deduje de la forma del zapato, que era de los de medio tacón. Parecía de muy buena calidad, no ya por el aspecto y la textura del conjunto, sino por el mecanismo de articulación de la rodilla, que poseía una complejidad de carácter orgánico. Luego se prolongaba como hasta la mitad del muslo. Yo había entrado para ver cómo me caía una camisa, pero, ante aquel curioso hallazgo, volví a la tienda y busqué al dependiente para explicarle la situación. Cuando logré dar con él y arrastrarlo hasta el lugar de los hechos, la pierna había desaparecido. El empleado puso en cuestión muy educadamente mi descubrimiento y abandoné el lugar sin llevarme nada.